sábado, 9 de junio de 2012

Mi primer Primera Cita

Cada mañana, al tomar lista, se detenía en mi nombre para levantar su mirada y arrojarme algún apodo nuevo. La Srta. Lidia, mi maestra de primer grado, tenía una obsesión conmigo. Ella misma confesaba delante de todos: "Julián es mío, es mi bicho". Otro día era "su príncipe" o "su conejo". Tenía un cariño especial hacia mí, a veces algo evidente. Ella era hermosa, un hada mágina para mi inocencia. Yo estaba enamorado, aunque todavía no sabía que eso que yo sentía por mi Señorita era lo que llamaban "estar enamorado". 
Una día entré al aula y mis intestinos comenzaron a revolucionarse. Una corriente interna iba de lado a lado como un león enjaulado. Ya sentado en mi pupitre, mi mente luchó a muerte por contener la presión de la avanzada, pero bastó sólo un segundo de desconcentración para perder la batalla. El dique cedió y un río turbulento invadió el interior de mis pantalones. Estaba perdido. 
Algunos compañeros empezaron a olfatear el aire buscando un origen. Con cara de póker crucé sus miradas de sospecha. Continué quieto durante un largo rato, cagado encima y concentrado en poner la mente ahora en blanco, tratar de no pensar, de no reconocer la realidad. Estaba encerrado en mí mismo, el mundo de alrededor era pura confusión, como si una granada me hubiera dejado aturdido y sordo. Hasta que esucho con claridad el sonido de mi nombre: "Vení bicho...pasá vos". Volví a la realidad.
Mi banco era de los últimos, delante se abría un pasillo cercado por la mirada burlona de algunos cómplices de mi secreto. Al final, en el altar, me esperaba mi hada con su mirada tierna y su sonrisa de luna.
Con la agilidad de un anciano me puse de pie y caminé con paso tieso hasta el frente. En el pizarrón había unas oraciones que tenía que completar y hasta ese momento no tenía idea de lo que se había tratado la clase.
La Seño me preguntó qué me pasaba que no hablaba, lo que avivó el riudo de murmullos y risas del fondo. Al verme incómodo, Lidia me liberó de aquella pequeña humillación llamando a que pase otro. Volví a sentarme sobre mi pantalón pañal y continué así, conectado con la nada tratando de evitar el llanto.
La situación ya era insosteniblemente llevadera. Ahora mi razón se debatía entre el alivio y la vergüenza de gritarle auxilio a mi amada. El timbre del recreo me dio un pequeño respiro.
Me arrastro hasta el pasillo y me quedo parado en el filo del patio, viendo a mis compañeritos empezar a correr una pelota. De golpe alguien me alza desde atrás y me sienta sobre su brazo como en columpio. "Qué te anda pasando princecito?", al tiempo que una mancha en la manga blanca de su guardapolvo le llamó rápidamente la atención.
Su rostro mezcla de sorpresa y compasión me mira y me dice: "Aaa.. ya entendí lo que era!", y me baja con cuidado maternal. Lo próximo que recuerdo es la cara de mi verdadera madre al bajarme los pantalones en el baño de casa. 

Al poquito tiempo la Seño nos anuncia que se casaba y nos invita a todos a la iglesia.
Estaba vestida de blanco, como siempre, pero tan hermosa y radiante que pensé que podría llegar a ser realmente un hada. Su novio, al lado, era mucho más alto que yo y en ese traje parecía un prícince de verdad.
Cuando terminó la ceremonia, los novios emprendieron la salida y comenzaron a saludar a la gente. A media distancia nuestras miradas se cruzaron, y se encontraron una vez más como cada mañana. Por adentro mi mente empezaba a librar otra batalla: admiración y tristeza se mezclaban en una agonizante nostalgia de ese presente. Mucho tiempo después entendí lo que era.